OPINIÓN: Por qué las hipotecas aún dependen más de la política que de los bancos

24-8-2010 - No es tapar el sol con la mano. Es, en rigor, lo contrario: una insolación que en los últimos anos fue difícil de tratar con los “métodos” caseros. Y es que si bien las ganas de muchos por tener un techo propio permanecen inalterables en el tiempo y, por otro lado, se adivina que la voluntad política volverá a recalar en nuevas propuestas de líneas hipotecarias, todavía resulta poco alentador el escenario actual si se pretende reinstalar las condiciones económicas y financieras necesarias para tener un reverdecimiento legítimo del crédito.

A pesar de los numerosos esfuerzos de la banca pública y privada, la cultura de la desconfianza en el sistema financiero local profesada por el público con posibilidad de ahorro y heredada de la crisis de principios de la década ha debilitado el sistema. A la vez, el escepticismo en la moneda, sumado al cortoplacismo de los depósitos, la inflación y el espasmódico cambio en las reglas de juego, son los temibles factores que hoy impiden bajar las tasas y alargar los plazos.

Resulta paradójico que el Gobierno se esmere en recrear el crédito hipotecario, cuando por otro lado se echa mano de la inflación para estimular el consumo doméstico. En rigor, el argumento más corrosivo para cualquier familia que intente tomar un crédito es que, con inflación creciente en pesos y una devaluación potencial en vías de desarrollo –junto con valores de inmuebles congelados en dólares–, la ecuación resulta imposible y peligrosa.

En materia de créditos hipotecarios, tanto la tasa fija como la tasa variable que se ofrece hoy en el sistema comprometen a la persona que piensa en tomarlo.

Sin embargo, puestos a elegir, si bien nunca es financieramente conveniente endeudarse a una tasa fija del 20%, la comparación con la tasa variable en función de la historia reciente y de los vaivenes registrados hace que la primera opción sea comparativamente mejor que la segunda, ya que reduce la incertidumbre. Elegir una tasa del 20% resulta, entonces, una evidencia alarmante. Como dato reciente, en la Ciudad de Buenos Aires, donde el salario per cápita es el más alto del país, sólo 6 de cada 100 operaciones inmobiliarias que se hizo en los últimos 6 meses fue con una hipoteca de por medio.

Hay que reconocer el esfuerzo de la Casa Rosada. Pero no hay que ser inocente al hacerlo: el gran déficit habitacional es una demanda incandescente en el imaginario colectivo y cualquier anuncio que busque una solución desde el atril –y no desde las condiciones con las que deben vérselas los bancos–, aunque sea superficial, genera, rédito político en el corto plazo, pero impotencia a largo. Esto es así porque ni la ANSeS, ni el Banco Nación ni algunos privados pueden satisfacer una mínima parte de las necesidades, porque no tienen recursos para hacerlo. Hoy, 1 de cada 2 pesos que hay depositado en el sistema financiero vence en 48 horas y el otro peso, lo hace dentro de los 60 días.

Aquí y allá, aparecen pequeñas luces que adelantan. Además del esfuerzo del Banco Ciudad con su tasa fija a 20 anos, las cédulas hipotecarias del Banco Hipotecario y la tasa de interés atada a la variación del salario del Banco Nación son grandes avances.

La única forma de resolver este déficit es creando un mercado de capitales fluido que canalice parte de los miles de millones de dólares ociosos hoy cobijados debajo del colchón.

A ello habrá que sumar la eliminación de los desincentivos fiscales que gravan la transferencia de inmuebles a vehículos de inversión, el desarrollo de un mercado secundario para inversores minoristas, impulsando la creación de fondos con fines específicos y generando incentivos para promover el financiamiento a largo plazo, que no comprometan a los bancos.

Por: Julián Guarino - elcronista.com