OPINIÓN: Europa en crisis económica y política

19-8-2010 - El efecto ‘elefantiasis’ de la intermediación financiera debe concluir, los bancos deben volver a ser oficinas con terminales de computación y unos pocos expertos conduciendo el proceso.
 
La crisis global detuvo la Unión Europea (UE), y las autoridades comunitarias leyeron el problema como inseguridad del sistema financiero; sobre todo, como debilidad bancaria. Esa lectura, fuertemente inducida por los mercados, impulsó una batería de tests; habida cuenta de que la cotización de las acciones bancarias mostró una sostenida tendencia hacia la baja, en el transcurso del último semestre, al tiempo que el encarecimiento del crédito público, la reducción de los préstamos interbancarios y las crecientes dificultades de las empresas para adquirir dinero fresco conformaron los rasgos distintivos de las finanzas del mercado común.

Ahora bien, los resultados de los tests tranquilizaron a todos. Banqueros, revistas especializadas y autoridades del Fondo Monetario Internacional (FMI) batieron palmas. Más allá de la discusión sobre si los tests fueron todo lo estrictos que debieron serlo, los datos suministrados demostraron, según expertos, la solidez del sistema financiero. Y ése es el punto, si los expertos tienen razón, la turbulenta marcha de los mercados resulta casi inmotivada, o el diagnóstico sobre su naturaleza contiene un fallido descomunal, fallido que se explica por desconectar el funcionamiento de la economía real de su sombra financiera.

Vale la pena hacer memoria. Cuando estalla la crisis bancaria norteamericana, a fines de 2008, Europa se mantiene al margen.

La seguidilla de 100 bancos norteamericanos en bancarrota, en el año de la caída de Lehman Brothers, naturalizó el poco amable pronóstico de que la racha no había concluido. Tras gastar U$S 25 mil billones –por todo concepto– en el sistema financiero, Ben Bernanke, jefe de la Reserva Federal, tuvo que utilizar el concepto de “blindaje” para tranquilizar las revoltosas volutas de la crisis.

Una pregunta incómoda debiera ser respondida: ¿a qué se debe que Lehman Brothers –una institución con más de siglo y medio en el mercado– haya caído, mientras todas las demás fueron rescatadas? La discrecionalidad del poder jugó y juega todo un papel, y mientras no se explique qué pasó resulta imposible rechazar esta aproximación: el derrumbe de Lehman conecta la crisis norteamericana con la europea. Dicho con exactitud, se trató de una conexión inducida.

Conviene recordar que la sucursal británica de la compañía conmovió a los ahorristas europeos, y no son pocos los que infieren una relación entre una cosa y la otra. Para que se entienda claramente: para la Reserva Federal, que la crisis estallara también en el Viejo Continente tenía tanta importancia como evitar el derrumbe de la banca norteamericana.

En los Estados Unidos, al igual que en la Unión Europea, la redefinición del papel de los bancos en el proceso productivo debería ser objeto de una intensa discusión. En los EE UU se llevó a cabo, en Europa no. Es tiempo de volver a admitir que la banca intermedia entre el mercado de capitales y las empresa. Los bancos son empresas de servicios; por tanto, su velocidad de crecimiento exponencial, más que remitir a la expansión del negocio, nos recuerda la baja eficiencia sistémica de la estructura. El efecto “elefantiasis” de la intermediación financiera –decenas de miles de empleados y miles de ejecutivos– debe concluir, los bancos deben volver a ser sencillas oficinas con adecuadas terminales de computación y unos pocos expertos conduciendo el proceso.

Mientras en la lista de la revista Fortune las empresas productivas sean desplazadas por los bancos de los primeros cinco puestos, la señal no es adecuada. Y este cambio imprescindible todavía no sucedió.

Ese es el punto. Por más que los tests aclaren a los grandes jugadores cuál es la verdadera situación del sistema financiero (ese es el valor de las pruebas, terminar con un nivel de secreto insostenible), por más que la ecuación “riesgo crediticio capital bancario” conserve una proporcionalidad razonable, es la marcha de la actividad productiva general la que determina, en última instancia, si la crisis fue controlada. La destrucción de puestos de trabajo no terminó. Y la levísima reactivación registrada en el tercer trimestre del año pasado se frenó.

De modo que los indicadores productivos no sólo no señalan un cambio de tendencia, sino que amenazan con acentuar el proceso de declive. Entonces, la solidez bancaria de Europa depende de la recuperación del proceso productivo. Pero el centro de la preocupación de las autoridades económicas está puesto en la deuda soberana y su impacto bancario. Todo lo demás esta librado a la lógica del mercado. De modo que la marcha de la crisis depende de su propia lógica interna.

En rigor, en la cartilla neoliberal la crisis no sólo resulta inevitable, como la lluvia o las bajas temperaturas, sino que además es deseable. Es el instrumento sistémico que darwinianamente reubica a los más aptos y saca del juego a los que no se adecuan a las nuevas condiciones. Por tanto, los perdedores bien merecido se lo tienen.

Mas allá de la extrema simpleza del razonamiento, este camino tiene como costo una suerte de balcanización de la UE. Esto es, su vuelta a un sistema de mosaicos nacionales sin capacidad de incidir en el mercado global y, por tanto, sometidos al poder de los dos grandes jugadores: los Estados Unidos y China. Es decir, la crisis pone en entredicho la significación política de Europa.

Por Alejandro Horowicz - http://tiempo.elargentino.com