¿De qué color es la alegría?



Freddy Ginebra

La meta es Jarabacoa. El retiro lo da el padre Larrañaga. He leído alguno de sus libros y el predicador, además de ser inteligente, es un verdadero hombre de Dios. Tengo grandes expectativas, aunque la idea de una semana en silencio me atemoriza.

En nuestro carro debemos de recoger a dos personas. Lourdes es la primera. Debido a su estado delicado de salud se sienta a mi lado. Detrás van mi esposa y otra persona que no conozco.

En el trayecto al lugar hacemos todo tipo de comentarios. Cada uno a modo de presentación cuenta algo de su vida. Yo hablo de Casa de Teatro, pero inmediatamente termino la señora de aras comienza a lamentarse.

-Tengo un marido muy difícil. Ya son más de 30 años de matrimonio y nunca he visto tato egoísmo.

Comenzamos a ensayar el silencio. Y como si tonara fuerzas entre Villa Altagracia y la vega ocupa la tribuna de quejas. Se ensaña contra su hija.

-Es una malagradecida. No escucha consejos estoy cansada de corregirla. Es una abusadora.

Cuando comienzo a subir la montaña hace una pausa. Aprovecho para preguntare a mi copiloto comos e siente. No ha pronunciado palabra y se que sufre intensos dolores.

-Usted si es dichosa, me contesta a mí, pero dirigiéndose a la señora que nos ha narrado sus miserias.

-¿Se burla de mí? Contesta la aludida.

-Para nada. Sencillamente es que la envidio.

Silencio sepulcral. Puedo ver el rostro contraído de mi pasajera por el retrovisor.

-Yo también tuve un esposo, comienza a decir mi amiga, lo perdí cuando era muy joven y me quede con res muchachos. Hubiera dado todo lo que tengo por tenerlo a mi lado con todos sus defectos. He vivido la soledad durante muchos años. De mis tres hijos la hembra murió en un accidente con apenas 18 años, y supe lo que eran las lágrimas, y desde hace unos meses me han descubierto un cáncer y casi no me puedo tenerme en pie.

Una bomba no pudo ser más efectiva. Llegamos en silencio al retiro. Ayudo a bajar las maletas. El retiro transcurre “in crescendo”. Cada día disfruto más el silencio, los coros rayan en la exquisitez. Larrañaga, oseado definitivamente de una luz divina, nos lumina con sus charlas.

Regresamos todos contentos sabiendo que hemos recibido una gracia especial. En el carro, igual que cuando nos conocimos, intercambiamos experiencias.

Cuando toca el turno a la señora de las quejas ponemos especial atención.
-No entiendo nada- comienza. Debí haberme regresado el mismo día que llegamos.

Ninguno de los tres se atreve a hablar.

La doña prosigue esta vez sin poder contener las lágrimas.

-Usted fue mi retiro- le dice a Lourdes. Durante estos siete días no he dejado de dar gracias a Dios por todo lo tengo. Es que no sabía que la felicidad tenía tantos colores.

Y aunque no nos tocamos, siento uno de los más apretados y esplendidos abrazos de mi vida.

Alabanza. Revista de la Renovación Carismática Católica. 2008.Número 175.