Etica Profesional: LA CORTESIA


José A. Silié Catón

Las formas afables en estrato social son etiqueta que siempre debe llevar el profesional, para distinguirse de la gente vulgar o tosca, sin que necesariamente tenga que ser un hombre de excepción. La palabra amable, los ademanes moderados y las maneras gentiles, son elementos de cortesía de los que nunca se debe apartar el profesional.

Un deber imperativo en el individuo que pertenece a cualquier conglomerado social, es aquel que enaltece el poder de la admiración por su conducta sobresaliente, y hace perdurable esta importante influencia social: la cortesía. No solamente en el fundamento del valor ético que ella representa, sino también el carácter de belleza que encierra y la influencia que conlleva hacia la perfección individual. No hay que negar que la cortesía constituye un puente florido tendido de pensamiento a pensamiento, que embriaga aún a los temperamentos más fríos e indiferentes. Aún las despreciables potencias enemigas, frente a una demostración de cortesía, no pueden menos que admitir tan generosa oferta, porque innegablemente la cortesía infunde en el espíritu, agradable sensación de agradecimiento. Y a la vez que halaga a uno, enaltece al otro.

En el área profesional, la cortesía no puede menguar en lo más leve; muy por lo contrario, debe ser cualidad creciente que estructure en la arcilla de la costumbre, una imagen admirable de consideración hacia el otro. En las misteriosas fuerzas del alma, la cortesía impulsa a la gente bien educada a gastar finezas y tiempo, y es una aureola que resplandece en la vida.

La cortesía no debe ser actitud forzada, sino una conducta, que tome las formas espontáneas de los espíritus serviciales, útiles, desinteresados y atentos.

Así como tiene su origen y razón de existencia, y puede estar sujeto al mejoramiento, la cortesía debe ser una hermosa actitud constante, con miras a la perfección por el uso y por el deseo de hacernos grata la vida propia y hacérsela, por igual, a los que nos rodean. La cortesía, cuando se hace habitual, deja de ser una forma exterior de conducta, para convertirse en una expresión sublime del alma.