El Arte Bizantino



El reinado de Justiniano (482-565) en el Imperio Romano de Oriente, que tuvo su capital en Constantinopla, marca la culminación del arte bizantino con la producción de la pintura monumental que se expresa con preferencia a través de la técnica del mosaico, técnica usada por su durabilidad peor que a la vez otorga posibilidades ópticas muy especiales a las obras realizadas.

La catedral de Santa Sofía es el principal de los monumentos del arte bizantino y los mosaicos que recubren la curva de bóvedas, cúpulas y ábsides fueron el modelo que posteriormente se extendió por Grecia, los Balkanes, Rusia y el sur de Italia, destacando los mosaicos de San Demetrio en Salónica, y de San Apolinar en el Nuevo, San Vitale y San Apolinar in Clase de Rávena.





Cuando se produce la llamada “querella de las imágenes”, donde se discutió si la representación de las figuras de los personajes de la religión cristiana era una vuelta al paganismo o no, quedó prohibida la temática de la vida de Cristo y los santos, los pasajes de la Biblia y las leyendas que divulgan los evangelios Apócrifos.

En este momento se inicia una serie de experimentos lejanamente simbólicos, en base de formas geométricas o vegetales que tienen relación con las decoraciones del Medio oriente semita, cuyos conceptos religiosos son semejantes a los que se impusieron en la famosa disputa de las imágenes.

Es importante tomar en cuenta la pintura al fresco que siguiendo los modelos bizantinos se realizó, sobre todo, en los Balkanes. También son importantes las miniaturas ejercitadas en la ilustración y decorado de libros que manifiestan el influjo del arte monumental.