La Pasión Turca de Antonio Gala



Antonio Gala

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Cuaderno Primero

Hay que tener en cuenta lo que ha escrito la Beauvoir: hacerse la deseada es muy distinto de ser un objeto pasivo. Una amante no se está quieta nunca: se renueva. Debajo del aparente abandono femenino hay una auténtica promoción; si alguna es elegida es porque subrepticiamente eligió antes; el seductor es seducido de antemano, aunque no lo perciba.

Nuestro sexo esta oculto ( y aún lo ocultamos más, porque el pudor es, por lo visto, nuestra principal virtud); es mucho más complicado y, como mínimo, doble... Por su aspecto: el clítoris y la vagina; por su actitud: tan activa como pasiva; por su ubicuidad: en un sitio el orgasmo y en muchísimos la sexualidad...
-Así está mejor- replicaba Felisa, ya tranquila-. El hombre es más simplón: se gasta en cuanto goza. Mi novio...
-Cierto, pero esto no implica que lo nuestro sea una cosa simple. Simples son un pene y un escroto; lo nuestro es una expectativa, una llamada, un recipiente donde se deposita la simiente de la vida; mas, donde se configura la vida, no metafórica, sino materialmente.

El creador es como un ser bisexual. No porque tenga los dos sexos o los ejerza, sino porque se acumulan dentro de él. Tiene, como la mujer, el don de dar a luz su propio sentimiento a través de palabras o de colores o de formas; tiene, también, como el hombre, una razón conquistadora que ordena y administra la belleza. Porque, a mi entender, todas las variedades imaginables de la creación se reducen a la bondad, la verdad o la belleza.

-Si alguien persigue una finalidad distinta de la de recrearse, la obra de arte será objeto de mercado y efímera por tanto. El artista es como un vehículo, un ser prestado a ideas que el no podría siquiera enumerar; un ebrio, y en la embriaguez no hay cálculo que valga.

Cada ser humano, hombre o mujer, ha de reconciliarse primero con su cuerpo, con la vida y la muerte de su cuerpo; de no hacerlo, jamás se reconciliará con otro ser humano, sea del otro o del mismo sexo. El hombre continuará sin ver en la mujer un igual y un colaborador; no verá más que una enemiga en potencia hacia la que le empuja el deseo, y de la que debe retirarse una vez satisfecho para ponerse a salvo. El hombre enamorado sabe que es vulnerable, tan débil como al principio: no ha hecho nada, no adelantado nada; esta desguarnecido, enajenado ( es decir, vendido ), alterado ( es decir, hecho otro), y ante esa circunstancia le sobreviene el miedo. Solo una reacción de frialdad, de alejamiento. De simulación, o sea, de cinismo, le devolverá el sosiego; pero, en cambio, le arrebatara el amor...

Para el que ama, proclamar que ama, aunque sólo sea ante él mismo, es una satisfacción tan grande casi como la del amor. Un amor del que no nos sintamos orgullosos y escondamos entre silencios y reproches, apenas si es amor, y en todo caso quedará sin ecos y deducido, por lo tanto, a su anécdota. Para mí el amor es algo que tiene vocación de expandirse lo mismo que un sonido, que un olor o una luz...

De todas formas, que difícil es conservar a un marido, y que el marido te conserve a ti, con la misma ilusión y el mismo frenesí de la primera noche. El ser humano tiende a joderlo todo menos a su cónyuge: que aburrido es el desgraciado. Yo creo que, si llegan los niños, es precisamente para distraernos y que no nos hagamos mala sangre. Anda, que no es lista ni nada la madre Naturaleza.

Ugarit: entre sus ruinas duermen tres mil quinientos años; de allí salió el primer alfabeto del mundo.