CONSUMACION DEL DOLOR : Poema inédito del Efluvismo



Virgilio Lopez Azuán

I

Que venga la fiesta, que la imagen abre sus ojos y muestra la piel llenita de colores. Se han pintado los recuerdos en cada contorno, en cada espacio de los cuerpos estirados. Se ha hecho la vida y un complejo mundo de luces coloreadas se acuesta en las alboradas, y nace la clorofila en las estomas del día. Ahora las flores son las campanitas que despiertan el asombro de los hombres acostados a los pies de un mundo que nace, que tiene la cara lozana del génesis, que vino rodando por los siglos de los siglos, amén. El tercer paraíso viene de la sombras, de la nada, de esa monada que envuelve los secretos de la primera lluvia, la primera alborada de trompetas y luciérnagas regadas en los ojos de la noche. Entonces, abriremos los pétalos de los sonidos eternos, de la música aplaudida en los silencios, en los círculos de Dante, en la Comedia Divina, en las manos de Virgilio camino del paraíso, en las ramas del purgatorio cuando los círculos columpian las arpías sobre la tierra prometida, sobre los engaños eternos pintados en las nubes, en los paisajes de la memoria.

II

Es tiempo para recordar que en lo blanco se consuma todo, los colores desbordados del reflejo, los prismas, las luces que les quedaban al espejo. Entonces, llegamos al fin, al infinito punto de círculos que de forma cuadrada han saltado las preguntas, las admiraciones, los profetas del oro y la corona que buscáramos en el cáliz, en la lucha de todos los sangrientos de la historia. En lo negro está lo oscuro, lo malo esteriotipado, la carga histórica, la discriminación de la alegría cercenada en los grillos, en lo barcos negreros de la idea. Entonces viene el verde manto, lienzo azul poblado de cielos, de esta impronta de amor nacido en los tambores. Los colores se consuman en la calles, en la cruz del calvario que alumbra los siglos, por los siglos de los siglos amén. Porque somos los caballos en mares de tinta, galopando versos y veranos. Porque nos encontramos en el sonido y la bulla natural del aplauso, porque nos entendimos con la canción alcoholada de los sueños, nosotros también nos consumamos. Pero nadie se consuma como el color, como el color blanco, como el la fuerza de la gravedad, como el pi y la circunferencia. Nadie se consuma como el amor, sólo los colores que suben a las mejillas cuando traemos los besos nuevos para el amor. También la sangre se hace roja en sol de las púrpuras inocencias, en la astral gravedad, en los recuerdos que se hicieron banderas henchidas en el corazón. Todos le buscan la imagen al alma, en los confines y los silencios, y nos encontramos los vapores azules de lo eterno. Pero el ama es un soplo de elementos en la carretera austral de las vértebras. En esa maravillosa sensación que sube las escaleras, matando los miedos del camino, Y vuelve a subir como serpiente llena de alas trasparentes, con su lengua bípeda, como si andara en una navaja de varios filos. Entonces, ahora se me ocurre que pienso y las razones se enredan como hiedras, que atentan los vapores y le impiden subidas a besar la luz sustentada en el cáliz de la gloria. No quiero sudar razones y hago los esfuerzos debidos, aparto sus hiedras, sus ramas serpentinas amenazantes. Siento la claridad de los dedos en el verso, la tentadora claridad, con la nostalgia que trae la música filtrada en los pechos, en los corazones henchidos y las sensaciones.

III

Si no tuviéramos la imagen, seríamos ausencias. Si no tuviéramos el color, los ojos no entraran al clímax de las claridades, al gusto que salta al ritmo de las tamboras, de la sístole sonada en el pentagrama, en las cuerdas de violines con caras de ángel. La imagen tiene alma circulante, redoblada de ternuras, que en las mañanas de los ríos se baña frente al sol y las sonrisas. Ya nos hemos encontrado y la imagen nos ama y nos venera, es la prolongación que suele espantarnos como sombra, cuando la sombra no debiera espantarnos. Así es, sin la imagen, no estarían las sombras. Sin las sombras, no estaría la luz, sin la luz no habría paraísos. La imagen es paraíso, bendito paraíso encontrado en los salmos, en los cantares, en las gestas del Apocalipsis, en esta vocación del principio y fin de la existencia. Sin la imagen no tendría sentido el recuerdo, ni los archivos askásicos, ni la caída del agua en la fuente, ni el beso que se queda en los labios de la amante, de la querida amante recostada en el pecho, en los latidos del corazón acelerado. Todo tiene su fin, menos el círculo y la música. Todo se queda en la faz del presente. Los colores se han tendido en el prisma, en el diamante, porque somos los elegidos, en esta fiesta del martes, cuando de nada hablamos. Sería una ilusión si el color no se consuma, sin que la soledad nos indique el río, los mares, los puertos y los naufragios. El color pinta toda imagen, de la transparencia azul de los cielos, de esta tarde crepuscular, de la última emoción de los iniciados. La imagen es la cruz en mitad del calvario, con sudores y vinagre, con la espada en costado y los templos resquebrajados. Con la madre en llanto y la Magdalena en los labios. La imagen es el siglo que parado en el recuerdo trajo el látigo de Roma, y la Biblia y los sagrarios. Nadie compra con denarios, con las treinta monedas y el sudario. Nadie se atreve a volverse después de este canto, de los Proverbios y los Cantares, del génesis que inventó el éxodo y los salmos ensalmados. No quisiéramos ser los mismos, ni la sombra se soporta acostada sin el rayo, sin el incesante rayo que tienta estar acabado.

IV

Ya lo sabemos, nada se consuma como el blanco, color crecido en los ojos de Newton cuando estaba enamorado. Nada como el blanco, y el disco girando con sus tonos infinitos, con el fin entre las manos. La razón del espíritu se vuelva contra todos y el mundo que siempre ha sido un fantasma, un duende en la galaxia podrá perderse si no es levantado sobre la marca elemental de las rosas. La imagen no es fría, no es el hielo del espanto, la imagen no es caliente, ni suave ni corrugada. No se compra su espíritu porque estás suspendido en los planos metafísicos. La imagen no tiene adioses en sus manos siempre está con nosotros, rica de pensamientos y días felices. A veces nos asusta y corremos por los laberintos de la soledad, arrepentidos de ser un grano de arena en playas blancamente consumadas. Tenemos la imagen en el rastro de los besos, en movimiento que deja el cuerpo, en los aleros donde cae la lluvia y te deja la huella del cielo prometido. La imagen no es clara ni oscura, es una silueta de lo transparente, la imagen es un diamante dando vuelta con sus mil caras, las caras nuevas del mundo nuevo. Ese mundo que deseamos, parado al pretil de las ansias. En la oscuridad la imagen se enamora de cuerpo y en el cuerpo penetra, como si abrazara la carne de la noche, como si fuera una avecilla que busca abrigo en los brazos tibios de la madre. Pero nadie sabe si la imagen es eterna, si de los cuerpos se desprende para habitar la tierra. Podría convertirse en recuerdos y de esta forma no muere, se queda siempre en los suspiros del cosmos. No basta encender los candeleros para decretar el fin de las sombras, ellas solo se apartan para luego volverse a congregar. Y así somos nosotros, parece que nos replegamos, pensando en lo eterno, porque nadie quiere consumarse con la muerte. La muerte solo se consuma en Cristo, en la cruz del perdón, en la esponja de vinagre que trajo los ruidos del Apocalipsis, y las bestias y la furia del templo partido en dos mitades perfectas.