CIUDADANA USA


Ligia Minaya

Aquí en USA me tocó vivir, pero sigo añorando mi tierra de calores y sinsabores, como si fuera lo mejor del mundo.

Fui al examen, cinco preguntas en inglés, lo pasé, y a la una y treinta de la tarde me juramenté. Todo bien. Pero mientras pasaban los discursos, las imágenes y se cantaba el himno, un nudo se me puso en la garganta, el corazón parecía estar paralizado y los ojos se me inundaron en lágrimas. Los demás estaban felices, y hasta hubo el testimonio de un liberiano que había caminado doscientas cincuenta millas para acceder al avión que lo trajo a USA, y daba las gracias por ser ya norteamericano. Lo entendí. Su país tiene más de veinte años en una guerra que no parece tener fin. Había de otros tantos países. Los mexicanos, como siempre, los más. Creo que éramos treinta en total. Todos salieron a celebrar. Para ellos ser norteamericanos, con todos los derechos y privilegios que implica esa nacionalidad, es un premio.

¿Y yo? No vine aquí ni desterrada, ni porque me apremiaran las circunstancias. La vida me arrastró. Todo fue fácil, desde ir al Consulado en RD por la mañana y salir con la residencia en la mano, hasta ir ahora a Inmigración, en la mañana y, a las pocas horas alzar la mano, y ya era norteamericana. Pero no quise, ni quiero celebrar. ¿Celebrar qué? ¿Que tengo unos papeles y un pasaporte, como el que tiene una licencia de conducir? Sé que nadie me obligó a venir ¿o sí? Después de vivir aquí los primeros meses, me encontré que me era difícil adaptarme de nuevo a los apagones, a la falta de agua, al que un día sí y el otro no, en que todo depende del pie con que se levante el funcionario, de la violencia que cada día se engrandece y no deja vivir.

Pude quedarme y seguir pasando las necesidades y carencias que diez millones de dominicanos viven día a día. Bueno, no todos. Hay un grupito que vive por encima del bien y el mal. Al fin y al cabo, el ser humano se acostumbra a todo, aún a lo más malo. Pero después que una conoce que puede vivir mejor sin ser rico, sin tener que pagar porque otro cumpla con su deber, sin tener que meterse en política para llegar a la cumbre de sus deseos, y así mil cosas más, le es difícil volver a vivir en un país que tiene tantas molestias. Mi país es un paraíso, y al paraíso se va de vacaciones.Nunca pensé, ni en los peores tiempos, optar por vivir en otro país que no fuera RD. Pensaba seguir viviendo y morir en esa tierra hermosa, la que quiero tanto y por la que sufro tanto, pero ya ven, estoy aquí, tan lejos de lo que soy, de lo que he sido y de lo que sigo siendo. Con papeles, con nacionalidad, con una vida mejor. Aun así, la dominic anidad es mi todo. Seguiré siendo merenguera, de mangú con huevo frito, de habichuelas con dulce, de café oloroso, de valles y montañas siempre verdes, de gente que te habla sin conocerte, y más aún mocana de origen y nacimiento.Por eso y muchas cosas más no voy a celebrar. Volveré a República Dominicana cuantas veces pueda, de vacaciones, como se va al paraíso. Aquí en USA me tocó vivir, pero sigo añorando mi tierra de calores y sinsabores, como si fuera lo mejor del mundo. Denver, Colorado.

Diario libre .com. 19 Septiembre 2009