REFLEXION

(Fragmento)

Algunos piensan que Dios quiere que seamos pobres. Que la pobreza es sinónimo de espiritualidad. Que estamos más cerca de Dios cuando somos pobres. No nos volvemos más espirituales al hacernos pobres. LA pobreza “per se” no nos hace espirituales. Tener dinero no es el problema. El problema esta en la forma en que lo gastamos y en darle un valor que no tiene. Convertirlo en el centro de nuestros anhelos, en la prioridad de nuestro tiempo, en el norte de nuestros sueños, en la meta de nuestros esfuerzos, es lo que Evangelio llama idolatría.

El problema no es el dinero en sí, sino el amor al dinero (cf 1 Timoteo 6,10) El asunto no es que tengamos bienes materiales sino que no podamos desprendernos de ellos, porque son nuestra vida. Algunos han amasado fortunas sobre las espaldas de obreros mal pagados, de la explotación de sus empleados y de la corrupción administrativa. Otros gastan su dinero de forma superficial, buscando solo aparentar y humillar. En definitiva, muchos de nosotros tenemos más de lo que necesitamos y que a otros les falta de forma escandalosa. Donde hay exceso de preocupación, corrupción, egoísmo, codicia, avaricia, ostentación y deseo de satisfacer todos nuestros caprichos, Dios y su reino de justicia no tienen cabida.

El señor no nos pide que renunciemos a nuestros bienes materiales, sino que nos reconozcamos como lo que somos, administradores de lo que le pertenece a Dios. Que dejemos de vernos como dueños y pongamos a disposición de los demás lo que somos y tenemos. Que vivamos de manera austera y sepamos invertir sabiamente en aquello que produce bien común.

RAYO DE LUZ. Agosto 2009.Año 9. No 102.
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