Naufragué en la isla del tesoro.


Di la espalda a mis costumbres, acentué mi independencia.
Me alejé de chantajes emocionales.
Curé todas mis heridas que no dejaban de sangrar con saliva.
Volví a dejarme llevar, a moverme por impulsos y caminé a ciegas.
Hasta que me tropecé por azar con un rayo de luz, que ni buscaba ni esperaba.
Palpé su textura y busqué su conocimiento a través del olfato y el tacto con los ojos cerrados.

Había imaginado que lo que se me destinaba era vagar entre frías y hostiles penumbras.
Me dejé envolver por el calor y me elevé.
No pensé.
No dejé que me paralizara el miedo a que tanta felicidad se pudiera evaporar de golpe.
Obvié el dolor que eso podría generar.
No me paré a analizar el significado, ni el porqué se me brindaba la oportunidad de un bienestar hasta entonces desconocido.
Tiraba atrayéndome desde dentro de mi y lo cogí.
No pregunté si lo merecía.
No pedí permiso.
Simplemente respondí al pálpito apremiante que me reclamaba para que acudiera.
Me dejé caer al vacío.
Me deslicé por curvas sedosas de éxtasis con la mente en blanco.
Claudiqué al balanceo mecida en una espiral en constante va y ven.
No hay mareo, solo placer.
Dicha que me salta las lágrimas a borbotones.
Aunque un día llegue a tener las manos vacías habrá merecido la pena,
porque el recuerdo será hermosísimo y eterno.

Quizás el paraíso sea para temerarios, valientes, inconscientes o todo esto a la vez.